DESTINO Y PASIÓN DE DANIEL SAHÚN


 

“En mi pintura asoma la tragedia, el eco de la Guerra Civil, de eso no puedo desasirme, pero creo que soy un pintor sincero, vehemente, que busca y busca. Para mí pintar ha sido una de las razones de mi vida y una forma crítica y apasionada de estar en el mundo”. De manera natural, en su estudio del Camino de las Torres, atestado de cuadros y de papeles y de botellas pintadas, lanzó al aire Daniel Sahún (Zaragoza, 1933-2018) esta confesión y este autorretrato.


El arte fue la razón de su vida. Hijo de una familia catalana, que se instaló en Zaragoza en los años 20, nació en 1933 en la calle Asalto. Empezó a ir al colegio en 1940 y no perdió el tiempo: era curioso y soñador, y burlaba como podía la rigidez católica del rezo diario. Se evadía en las salas de cine, con los tebeos y la literatura de aventuras. Solía decir que se enteró de la restauración del cine Dorado, llevada a cabo por el grupo Pórtico, de Santiago Lagunas, Fermín Aguayo y Eloy Laguardia, pero tampoco está claro del todo que no sea un recuerdo reinventado. Buen dibujante, recordaba que hay un hito claro en su existencia: una exposición de 1952 del grupo de los noucentistes catalanes con Isidre Nonell, Ramón Casas, Santiago Rusiñol y Pablo Picasso. Aquella muestra fue como un despertar. Le fascinaron todos, pero especialmente Picasso, que sería uno de sus dioses. De él copiaría su sentido de la libertad. Crear es un acto impulsivo, más torrencial que reflexivo, que mana del interior, de la técnica y de la voluntad de ser en el lienzo.


Hemos citado a otro maestro: Santiago Lagunas, pintor y arquitecto, fotógrafo y poeta secreto, uno de los creadores de la abstracción en España. En su estudio trabajaría varios veranos y viviría desde la primera fila, según recordó en alguna ocasión, la crisis mística que experimentó Lagunas. Este artista, que tenía carisma y voluntad de liderazgo, le marcó en diversas direcciones. Igual que le marcaría una exposición del grupo El Paso en las salas de la Diputación de Zaragoza. Aquel era un colectivo muy aragonés, en el fondo: por allí andaban Pablo Serrano y su joven compañera Juana Francés, Antonio Saura y Manuel Viola. Y andaba también, entre otros, Manuel Millares, uno de los artistas que más le impactó con sus arpilleras, su sentido de la composición, el uso de colores terrosos, más bien apagados, y esa sensación de conflicto que se desarrolla en el espíritu mismo de la materia.

En 1964 perfeccionaría sus estudios en la Escuela de Artes de Barcelona, pero para entonces, Daniel Sahún ya había presentado sus credenciales. Ya era un artista que bosquejaba un mundo, dentro de la abstracción y el informalismo. Su poética era inequívoca: el cuadro era un laboratorio de manchas y de gestos, un cañamazo de emoción e instinto, de dolor y desgarro, de lirismo y misterio, donde el color busca su mejor acomodo y atrae con su llamarada.

El inquieto Ricardo Santamaría vio una de sus bellas e intensas arpilleras y se quedó noqueado. Aquel joven de apenas 30 años tenía vocación y certezas. Llevaba en la sangre la ciencia de la pintura: la armonía y el ritmo, la composición y el arrebato, la necesidad de expresarse y vaciarse en llanto, búsqueda y canto. Santamaría le pidió que se integrase en el Grupo Zaragoza o Escuela de Zaragoza, que tanto ha dado que escribir, desde Jean Cassou y Federico Torralba a Lola Durán, Manuel Sánchez Oms (que le comisarió una antológica en el Palacio de Sástago en 2007), Manuel Pérez-Lizano, Ángel Azpeitia o Luis García Bandrés, entre muchos otros. De este colectivo –formado por Santamaría, que desarrolló sus teorías estéticas en el Manifiesto de Riglos, Juan José Vera, Hanton González, Daniel Sahún y Julia Dorado, la integración de una mujer no era nada frecuente- se ha dicho que es nuestro segundo Pórtico, y no es una exageración. Son los hijos de Pórtico: heredan de ellos una forma de enfrentarse al cuadro, muchos de sus tonos, esos colores tenebrosos, ocres, marrones, negros, dorados, los colores del desierto y sus soledades, y a la vez también asimilan y desarrollan el sentido del juego. Pintar es una artesanía, una conmoción, una investigación, pero también es un divertimento expresivo. Daniel Sahún ya estaba lanzado y dispuesto a realizar una obra personalísima, de un inefable sentido poético, con lágrimas de color en la negra noche del franquismo; una obra coherente, sólida, llena de hallazgos y de heridas, fresca y libre, de esas que te envuelven y que te piden: “Mírame. Mírame, sin temor”. Daniel Sahún –aquel artista entrañable y cálido, que formó pareja de hecho durante unos años en la creación con Juan José Vera- hablaba con sus cuadros: “La pintura es mi vida, lo poco o mucho que sé de mí y mi pasatiempo más radical e intencionado. Un cuadro parece que no se acaba nunca”. Lo decía como si nada y te acompañaba a la puerta de su estudio con una sonrisa.


Antón CASTRO






                                                                                                                                              






                                                  

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TRAZOS DE UNA VIDA

20 de marzo - 17 de abril 2019

DANIEL SAHÚN